“Mientras no nos estén dando bala a nosotros, todo es un chiste…”

Joche

 

Severa Vigilancia es una alusión a la novela de 1949 de Jean Genet del mismo nombre, que a su vez hace referencia a el Teatro de la crueldad de Antonin Artaud. En los montajes, secuencias y entrevistas reunidos por el artista, se lleva a cabo un juego adentro de otro juego en donde aparecen múltiples intersecciones entre la realidad y la ficción. Gradualmente se va construyendo una tensión psicológica; luego viene el momento del terror y después la aparición de la consciencia, que surge como resultado.

 

Este trabajo de Bucher surge de un evento que ocurrió en la Universidad de Antioquia, en Medellín, en 1999, un año particularmente violento para esa universidad. Casualmente, en ese mismo año tres personas habían sido asesinadas en el campus. En un seminario del posgrado en teatro, dos estudiantes a los que les correspondía exponer sobre la vida y obra de Genet frente a sus colegas, decidieron simular un secuestro armado como mecanismo para performar —en vez de re-presentar— varios principios éticos y estéticos de la obra de Genet. De tal forma armaron una escaleta bien calibrada para conducir el terror, en crescendo calculado, a unos picos de intensidad que la realidad en su estado crudo no sabría alcanzar por sí sola.  Vale la pena apuntar que el submundo de la juventud de Genet es el mismo que Joche conoce y el que los demás estudiantes también han vivido en la Medellín de los años 90.

 

Pero, tal como con Genet, la cosa no es tan simple con Joche. No se trata de un salvaje, amoral y anarquista, porque su búsqueda es una búsqueda estética y ética, de ruptura en la forma por un lado, y por el otro de rebeldía frente al status quo; contra la impermeabilidad dolosa de la academia, del mundo del arte y el teatro que no sabe sentir empatía frente al horror que está sucediendo allá afuera, a unos pocos metros, en una ciudad que se desangra. La pieza encarna muchas capas de violencia: la real, la verosímil y la potencial. También apunta hacia la indeterminación entre la violencia y su representación, las cuales permanecen suspendidas para siempre dentro de una ficción (y su doble).

 

Uno de los puntos que la pieza advierte repetidamente es que lo vivido en carne propia es el único canal hacia una verdadera empatía. En este sentido, ofrecemos este ejercicio paradójico sobre terror, identificación afectiva y consciencia, como dispositivo para abrir una reflexión sobre las infinitas implicaciones de cada acción dentro del complejo sistema que habitamos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Before we are in the line of fire, everything seems like a mere joke…  ”

 

Joche

 

 

Haute Surveillance is an allusion to Jean Genet's 1949 novel of the same name, which is itself a reference to Artaud’s Theatre of Cruelty. In the montages of news sequences and interviews assembled by the artist, a concentrated game-within-a-game develops in the interstice between reality and fiction. A gradual construction of psychological tension takes shape; and then real terror and the arousal of consciousness, as a result. 

 

The film arises from an event that happened at the Universidad de Antioquia, in Medellin in 1999 — a particularly vicious year for the university. Coincidentally, the same year, three people were murdered on campus. During a theater seminar, two students, Joche and Mora make a presentation on the life and work of Genet. For this purpose they create a detailed script that will produce a finely tuned crescendo of terror, which will reach peaks of anxiety unattainable in a real event. It must be added that the underworld of Genet’s youth is the same as what the students’ have witnessed in the Medellin of the 90s.  

 

Genet isn’t easily dismissed as just an amoral, savage, anarchist; likewise Joche has to be understood as a man with a mission: he breaks the codes of theatrical representation, and rebels against the status quo of an apathetic art/theater world unable to experience the horror that is taking place outside the walls of the classroom. The piece embodies many layers of violence: the real, the constructed, and the possible. It also points towards the ambiguity between violence and its representation, which remains forever suspended within a fiction (and its double).

 

One of the points the piece is constantly driving is that an experience lived in the flesh is the only way in which empathy arises. In this sense we offer this paradoxical exercise on terror, affective identification and awareness, as a device to open up a reflection on the infinite ripples of every action we take within the complex system we live in.

 

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